Uno de los premios del Certamen a partir de ahora será publicar el micro ganador en la página principal de esta web. En este primer certamen del concurso el ganador ha sido casualmente un servidor, vientogris, por el relato Las diez tentaciones que podéis leer a continuación. Las diez tentaciones Por vientogris Eran las mejores de cada región, las más deseables y mejor cuidadas y con diferencia, las más bellas. Seleccionadas cuidadosamente tras varios meses de viajes y consejos y traídas directamente hasta Creta bajo la atenta supervisión de Teseo. Solo consiguió llevar consigo a diez de ellas, pues tenía que entrar solo y no tenía ayuda para manejarlas dentro del enorme laberinto de piedra arenisca. Junto al pórtico que servía de entrada de acumulaban algunos restos de origen humano pero Teseo evitó sentirse intimidado. Tras varios cachetes en sus duras nalgas consiguió que todas entraran y se dispersaran por los distintos pasillos y recodos que se encontraban en la entrada. Él también se introdujo en el laberinto sin un rumbo concreto, pero sin prisa, con sigilo y con la afilada espada desenvainada, a la espera. Al cabo de un rato empezó a escuchar un ruido no muy lejano, unos huidizos pasos sobre la arena rojiza del laberinto. Tras unos instantes se escuchó el primer mugido y Teseo aceleró el paso buscando su origen, siguiendo los mugidos que subían de intensidad. Después de unas pocas carreras y vueltas por los pasillos encontró a una de ellas aún temblorosa, pero no había rastro del minotauro. Siguió buscando con sigilo, a la espera de que se encontrara con la siguiente. Hasta en cuatro ocasiones más Teseo corrió y buscó por los intrincados recovecos del laberinto pero siempre llegó unos segundos tarde. Así que la sexta vez que corría casi choca de bruces contra la inmensa mole de más de dos metros que le daba la espalda al doblar una esquina. El musculoso y poderoso cuerpo de la criatura que llamaban el minotauro se encontraba a un metro suyo. Los movimientos de su pelvis eran inequívocos y aunque parecían flojear un poco, la vaca a la que estaba montando mugía sin parar. Era uno de los mejores ejemplares que Teseo había conseguido, comprada a un pastor que la alimentaba de los mejores pastos de los campos que había faldas del monte Ida. Sus prietas carnes habían seducido como las anteriores al confinado monstruo. El minotauro no le había oído así que no tendría tiempo de satisfacer su libido nunca más, pues Teseo aprovechó la que sabía sería su única oportunidad y lanzó un mandoble a lo largo de toda su espalda que dejó al descubierto parte de su columna vertebral entre chorros de sangre. El mugido de dolor casi le rompe los tímpanos. El minotauro se giró como pudo, medio doblado por el dolor y Teseo no lo dudo ni un instante y lanzó otro mandoble al cuello abriéndolo en toda su extensión. Y cuando el minotauro cayó de rodillas Teseo clavó su espada hasta la empuñadura en medio de su frente bovina, justo entre los cuernos. El enorme cuerpo de la criatura cayó a sus pies, pero en el último momento Teseo pudo ver en sus ojos un destello de dolida incredulidad masculina.
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