Ganador del XI Teseo

La ofrenda

El capitán Roorudn se sirvió un generoso vaso de néctar de lanttia y lo bebió de un trago. Allí, en mitad de la sala de mando de la nave, delante de todos sus subordinados. Se lo había ganado, cojones. Llevaba meses luchando contra los rebeldes, meses atrapado en aquel planeta de mierda y por fin, alabados fueran los dioses, veía algo de luz al final del túnel.

            —Pasad al prisionero —ordenó sin levantar la mirada del fondo de su vaso.

            Dos soldados trajeron a rastras al humano y lo dejaron a sus pies. Era una criatura blanda y menuda, con el cráneo cubierto de cabello espeso de color negro. Tenía una apariencia débil y enfermiza, incluso mayor de lo habitual en su especie, y se abrazaba con fuerza el abdomen.

            Roorudn se colocó en la oreja el receptor del chisme encargado de la traducción simultánea. Sostuvo el micrófono con su mano derecha.

            —Un… «caballo» —dijo. Al instante, el aparato transformó su voz en una serie de gruñidos y gemidos que el terrícola podría comprender—. Un bonito caballo. Enorme, robusto, hecho de metal y plástico. Imagino que a partir de los restos de los aviones y carros de combate que nosotros hemos destruido.

            El humano movió la cabeza arriba y abajo repetidas veces. En su especie, eso significaba «sí».

            —Es lo primero que hicieron tus compañeros después de rendirse, y lo último antes de huir —prosiguió el capitán—. Un precioso caballo, que dejaron ahí para nosotros.

            —Para Dios —le corrigió el humano—. Es un regalo para Dios. Para que nos perdone y nos proteja.

            —Ya veo. Y solo quedaste tú, vagando sin rumbo. Se olvidarían de ti, o…

            Oyó un tintineo. Uno de los soldados había depositado una pequeña lámina metálica rectangular en la mesita a la derecha de Roorudn. Era una chapa identificativa del ejército local, y en ella podía leerse «S. INÓN». Ese era el supuesto nombre del prisionero, según el informe criptográfico que la acompañaba.

            Jugueteó con la chapa. La hizo bailar entre sus dedos escamosos.

            El humano gritó de dolor y se frotó el estómago.

            —Supongo que debería celebrar nuestra repentina victoria —dijo Roorudn—. ¡Y hacer una fiesta! Por supuesto, antes debería meter el caballo en nuestra nave. Sería un estupendo trofeo, ¿no crees?

            —Nada se lo impide.

            Roorudn soltó una carcajada seca y desabrida. Se levantó.

            —Hemos atravesado galaxias para llegar hasta aquí —afirmó—. Hemos llevado a tu especie al borde de la extinción en tiempo récord. Tenemos la victoria en nuestra mano… pero aún así, nos faltáis al respeto de este modo. ¿Creéis que no hemos estudiado vuestra historia, o vuestra literatura? —Sacudió la cabeza— ¿Pensabais que caeríamos en algo así? ¿Nos tomáis por imbéciles?

            El pequeño terrícola se arrodilló y vomitó. Luego comenzó a reír. Bajo la piel pálida de su abdomen parpadeaba una luz roja.

            —Está claro que algunos lo sois —respondió.

            A Roorudn ni siquiera le dio tiempo a gritar antes de la explosión.

 

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